domingo, 1 de mayo de 2016

Cuando la seda envuelva balas...

Cuando la seda envuelve las balas
la poesía hace con letras, barricadas.
La abstracción se hace al arte
si pende de ese hilo de plata
que engarza la creación con el amor.
El amor es arte cuando sin tamizarse
aflora como magma desde el alma misma
para estremecer las almas adyacentes.
Y el arte no es más que amor
que solo se siente desde la autenticidad del ser…
No son días de gelatinas con picnic en los parques.
Hoy las balas no detonan, no se advierten.
La tortura no genera gritos, no se evidencia.
Los genocidios los revuelves con la cucharilla del café,
a la mañana, sin siquiera asquearte el alma.
Hoy los desaparecidos están a la vista…inexistentes.
Hoy no hay maderas para barricadas,
porque no hay enemigo sólido.
Hoy solo tú puedes saber desde ti.
Abraza tu voluntad y lucha por ella,
no en peleas o guerras que no te interesan,
lucha desde el ejecutar lo que piensas,
desde el decir aquello que realmente sientas,
desde el confiar en lo que presientas...
verás cuantos más te asientan.
Solo la sinceridad te hará libre
por que todo camino a la libertad
se inicia en el derrocamiento
de tus inquisidores internos.
Disculpen los diseñadores
de orquestados ritmos
de perfecta dialéctica…
de permitidos asuntos
y promovidas letras;
hoy la poesía se aleja
de las edulcoradas cortes,
de las dictaduras dialécticas.
Hoy se impone
al poeta que sienta,
que olvide métricas,
que olvide santos y señas…
que olvide al que firma
y ame al que sueña.
Que olvide el encumbrado cielo
y ame a la sentida Tierra.
Hoy se impone al poeta
refrescar memorias
en las almas muertas,
alimentar sonrisas
en las bocas resecas,
inseminar individuos
donde maniquíes hubiera,
y colocar amor
a lo que precio tuviera.
Y es que…
cuando la seda envuelve las balas,
la poesía hace con letras barricadas
en las retaguardias del alma,
preservando al amor
único vencedor en cada batalla…

jueves, 28 de abril de 2016

Hay días que el amor...

Hay días que el amor, todo,
fluye a través de tus ojos…
Es cuando agradezco el aire
que aún empuja a mis pulmones
para no dejar que la realidad,
la real realeza los aplaste.
Ahogo entonces las lágrimas en agua fría
y salgo a besar la brisa de la mañana
con los labios de la nostalgia
del día aquel, en que todo se hizo ceniza.
De cuando la comprensión llegó a mí
para teñir con su inquisición los sueños
y no hubo espacios para el desasosiego,
no cantaron ni las ranas en los charcos
aquella tarde de silogismos,
que se desbarrancó por aquel acantilado de razones.
No llovió aquel día, poco había qué regar.
Entendía que la luz alcanzaba más allá de mi vista
y quería ver hasta aquel vértice perdido
entre la maleza de historias mal contadas.
Logré mirar sobre el hombro de la mentira
y vi la piedad que ésta suplica, llorando
por las consecuencias de sus diabluras.
Regresé al agujero que involucra mi existencia,
donde el interminable cosmos
es el infinito cenit de mi locura.
Y dentro, tan dentro que el solo leerlo
atrae a los alientos del abismo…
Así que los días que el amor, todo,
fluye a través de tus ojos…
es cuando agradezco el aire
que aún empuja a mis pulmones
para no dejar que la realidad,
la real realeza los aplaste.

martes, 26 de abril de 2016

Pasaje del Libro en construcción: Entiendo que he vivido de a trazos...


_¡Ludovico! ¿Dimmi, non hai visto Marco?
_No madre, non l’ ho visto...
Cruzaron el océano Atlántico, en un navío de carga que trasladaba maquinaria agrícola de Turín con destino al puerto de Buenos Aires. En esos tiempos la decisión de realizar semejante viaje, debió estar acompañada de mucha audacia y pienso que con algo también de desesperación.  Se trataba de trasladarse a tierras tan lejanas y desconocidas...
Apenas había comenzado la era de la Radio y el conocimiento que se poseía del resto del mundo era muy limitado. El país que habitaban, para aquellos que vivían en los pequeños pueblos europeos, estaba constituido por los sesenta kilómetros a la redonda del pueblo (que era la distancia máxima que se podía alcanzar  en bicicleta); el resto era una región prácticamente desconocida. ¡Imagino, otro Continente! Otro idioma, diferentes costumbres,  una nueva legislación, el sólo hecho de ser extranjero.., toda una serie de información que hoy nos parece sencilla de obtener, dada la fluidez de las comunicaciones.
No es fácil para quienes vivimos en esta era adentrarnos en la visión que esa generación podía tener del mundo. Digamos que hoy, se puede viajar a cualquier parte del Planeta sin moverse del sillón del living de la casa, e incluso, partiendo de un conocimiento previo del lugar de destino. En aquellos tiempos sólo  alguna imagen que se podía rescatar de una postal o revista,  conformaba toda la información que se podía obtener. 

Se sabía por medio de la correspondencia escasa que llagaba, que Argentina era un País en donde abundaba el trabajo. Que había una fuerte demanda de mano de obra calificada para una industria que florecía. Muchos no sabían que era  consecuencia de la Segunda Guerra Mundial que se desarrolló en Europa.  Podía haberles parecido absurdo conocer esto. Pero más lo había sido esa guerra a la cual, el pueblo  se había visto obligado a participar sin opción,  sin comprender siquiera  lo que realmente ocurría. Irónico o no; lo cierto fue que la devastación que ocasionó ese enfrentamiento bélico disparó las economías de los países hacia los cuales se dirigían. No aceptaban volver a vivir bajo regímenes  que de manera arbitraria y criminal, pudieran exponerlos a otra matanza.  Sin embargo y tal vez, el verdadero motivador del éxodo fue debido al hecho que al regresar a sus casas, el poco trabajo que podía dar sustento a sus “nuevas vidas”  había sido repartido entre aquellos que apoyaron el último régimen impuesto. La mayoría de los ex - combatientes  había perdido todos sus bienes materiales por acción misma de la guerra. Sus familias estaban desmembradas... En resumen, era lo mismo recomenzar en cualquier parte del Planeta.

Sin consciencia alguna fueron los pioneros de la globalización. El nuevo orden había sido impuesto. Los grandes capitales se habían trasladado a América del Norte y los otros, igualmente grandes pero de origen cuestionable, a América del Sur. Pocos se dieron cuenta que los dueños de todas aquellas fabricas a las que llegaban para comenzar a trabajar, eran europeos;  y muy pocos  se preguntaron  como  podía ser esto posible. ¿Dónde habían estado éstos todo éste tiempo?

Marcelo, el tercero de los ocho hijos de Anna, cumplió funciones como maquinista de abordo en los aviones que Italia tenía apostados el Albania. No por haber sido Oficial de la Aviación, era soldador especializado y había adquirido algún conocimiento de mecánica, dentro de alguna fábrica de los alrededores de Verona. Siempre contaba que a principios de la guerra, cuando Italia se encontraba aliada con Alemania... o mejor dicho, cuando Hitler y el Duche se aliaron, compartían el aeropuerto de Albania con los alemanes. A pesar de sus diferencias en cuanto a sus costumbres y educación, lograron una cierta afinidad, propia de jóvenes que compartían un mismo espacio.

_Eran muchachos como nosotros. –Decía Marcelo.-  _Compartíamos la correspondencia que recibíamos de la familia y jugábamos a las cartas.  Ellos conseguían la cerveza, nosotros el vino. En las noches mientras que Mauro tocaba la armónica,  Clauss  bailaba alrededor del fuego.

Hablaban de cosas simples y es que eran hijos de campesinos, albañiles, obreros. Provenían en su mayoría de pueblos pequeños, con una enseñanza elemental y básica. Añoraban la huerta en el fondo de las casas con el gallinero adjunto y el cerdo para fin de año. El vino casero que preparaba toda la familia en la época de la vendimia y que mantenía aún en esos días, un cierto sabor a pólvora, remanente acido de la Primera Guerra  que aún convivía con los mayores.

_Compartíamos un mismo espacio, separado por dos hangares y una misma interrogante: ¿Qué hacemos aquí?  Cada tanto, salíamos a dar una vuelta de reconocimiento en algún avión y volvíamos a tierra. En todo ese tiempo, no hicimos ni un solo  disparo.

-Siempre,  cuando llegaba a esta parte del cuento, hacía un silencio para beber un sorbo de vino ;  una manera de tragar esos recuerdos.
_Una madrugada llegó el aviso por radio que Italia había declarado la guerra a Alemania. Sin saber que era exactamente lo que esto quería decir, comenzamos a disparar. ¡Fue la orden que nos dieron!  Le pregunté al Sargento: ¿Qué hacemos?  Y.., disparemos, dijo él.     ¡Disparen,  nos ordenó!
Allí finalizaba el cuento de Marcelo. Imagino que comenzaban los disparos a cruzarse de un hangar al otro; tan absurdos y desesperados, unos como otros. Disparaban a su compañero de baile, a su confidente de viejos amores, a sus amigos de ayer; con los que habían compartido meses de amistad y  que también, habían generado afecto. Hoy debían matarlos y sin siquiera saber porqué. Eran órdenes y debían ser cumplidas. Ellos eran soldados.  ¿Qué otra explicación podría tener? ¿Cómo mediar con la racionalidad? 
  Marcelo a pesar de su desconcierto, propio de la falta de información adecuada (hecho éste que condiciona a la gente como propicia  de ser fácilmente influenciable por los regímenes totalitaristas); poseía un grado de individualismo tal, que le permitió comprender la irracionalidad de lo que ocurría. Su determinación lo llevó a reaccionar en contra de aquello que acontecía. Escapó del campo de batalla. Su tez morena, así como su oficio de soldador, le permitieron sobrevivir entre los beduinos hasta terminada la guerra. Pero como no podía ser de otra manera, debió de ingeniárselas para regresar a su país. Los acomodados oligarcas de turno, lo juzgarían como desertor, así que debió armar una historia de prisionero y enfermedades del desierto, mezclarse con algún batallón perdido y colarse en un lanchón hacia su casa.  De haber aceptado la orden de disparar, jamás hubiera abordado el barco hacia Buenos Aires. Tal vez hubiese sobrevivido a la matanza, pero no hubiera podido ejercer nunca más  su autodeterminación. Quedaría preso de la traición a su propio sentido del valor de la vida y transcurriría su historia, como un soldadito de plomo más sobre el tablero de la codicia.  Y es que, hubo una nueva orden impartida al finalizar la guerra. Una que solo obedecieron aquellos que se quedaron disparando y sobrevivieron.  "¡Ahora limpien todo, que debemos comenzar de nuevo!” Dijo una voz desconocida. “¡Construyamos la nueva Europa!” 
_ ¿Y para quién?  Se preguntaba Marcelo.

Los que abordaron aquel barco, así como tantos otros que zarparon hacia estas latitudes en aquella huída, no sabían realmente hacia donde se dirigían. Únicamente sabían  aquello que ya no querían para ellos, ni para sus familias. No se trató de cobardía, ya habían demostrado por demás  no ser cobardes ni durante la guerra,  ni al tomar la decisión de abordar ese barco. Tampoco temían al sacrificio, gracias al cual tenemos mucho de lo que hay hoy en estas tierras. Lo que sí no volverían a aceptar es  que alguien les impusiera: “¡Ahora, debes dejarte matar. Luego tendrás tiempo,  para preguntar porqué!”

A Marco,  Gianna lo parió en el barco. La asistió en el parto Helena. Una hermosa muchacha de veintiséis años, que estaba acostumbrada a ayudar a su madre  por ser la mayor de doce hermanos. En aquel entonces, las parteras solían llegar tarde. Podían no ser avisadas a tiempo,  o bien coincidía el parto con  la hora en que todos los hombres se encontraban en las fábricas o el los campos. De allí que Helena adquiriera práctica forzada como partera. Por esto a Marco le quedó el ombligo hacia fuera, tal vez por la falta de precisión en el corte o bien por el movimiento de la marea,  al que no estaba acostumbrada Helena.  Esto hizo que Anna  se sintiera por siempre en deuda con él. Un sentimiento de culpa por haberlo traído al mundo en tan precarias condiciones.  Esto trataría de compensárselo durante toda la vida, haciendo de Marco su hijo predilecto. El sobreprotegido “della Mamma”. Aquel que colmaría todas sus expectativas, el logro de su existencia, la luz de sus ojos.  

Siempre le decía a Ludovico,  su hijo mayor:
_Marco é l’ immagine della prosperitá. Lui é l’innizio della nuova vita che ci aspetta  nell’Argentina.
Cuando nació Marco Ludovico tenía quince años. Más allá de la diferencia de edades,  siempre los diferenció  su propia historia. 
Ludovico presenció la muerte desde muy pequeño. No la muerte generacional, a la que todos estamos de alguna forma preparados para comprender.  El convivió con la muerte absurda, la muerte injusta, el asesinato impune que genera una explosión sin sentido, sin poder comprender siquiera el porqué.  Aprendió a trabajar la huerta  para tener algo que agregarle a la polenta que les tocaba como parte del racionamiento de alimentos.  Memorizó el lugar donde se encontraban los refugios antiaéreos, a los cuales debía concurrir inmediatamente después de escuchar sonar las sirenas. Aún hoy el paso de una ambulancia o de  los bomberos, lo incitan a salir corriendo en busca de un refugio.  Tomó “café” hecho con semillas secas de uva.  Ayudaba a la madre a ordenar la casa,  después de cada redada que realizaban los Nazi, llevándose todo aquello que suponían necesario; y corría a avisar a sus hermanas cuando se enteraba que ingresaba alguna patrulla al pueblo. Trabajó desde los trece años en una fabrica de zapatos, la que se transformó rápidamente en una fabrica de botas para el ejercito. Vio engordar al dueño de la fabrica, mientras que intercambiaba cigarros con aquel General alemán. En algún momento llegó a dudar si  la guerra, era en  contra de los alemanes.  Lo comprendió algunos años más tarde, cuando vio una fotografía del viejo obeso,  sobre un escritorio.

Marco creció junto con la abundancia. Si bien el inicio fue duro, el tiempo y el sacrificio iban arrojando sus frutos. La precaria casa que compraron al llegar, se fue transformando en una inmensa residencia de  seis dormitorios y cinco baños. El barro de las calles se cubrió de asfalto y la bicicleta del  padre se transformó en un flamante Torino de cuatro  puertas.  La alacena desbordaba de enlatados y conservas (el llamado síndrome del postguerra, el miedo a la escasez, algo que Marco no entendía y que Ludovico ayudaba a inventariar); los refrigeradores.., los tres; puesto que uno no era suficiente, podían dar alimentos a cinco familias durante un mes.

El tiempo y la dedicación al trabajo  llevaron a Ludovico a ser el Jefe de las sección de la fábrica en la que trabajaba. Ya con cuarenta y cinco años, todos le recriminaban el no haberse casado, no haber formado una familia. El sonreía y se hacía el desentendido. Simplemente decía.  “No agregaré  más sufrimientos a mi historia, un poco de brisa no hace la serenidad”.

A Marco le faltaban año y medio para finalizar su carrera de Contador Público, y más que un futuro profesional, para Anna, era un personaje fantástico, un excelso; la tan repetida historia de “m’hijo el Dotor”. Para la familia constituía un símbolo de prosperidad, casi un título nobiliario.  Y es que para las familias de esa época, constituía un logro muy importante. Provenían de sociedades aún con rasgos feudales,  en donde  el “Dueño del Pueblo”,  “Il Signore”, era el único que podía enviar a sus hijos a completar sus estudios terciarios. El resto del pueblo debía ponerlos a trabajar lo antes posible  para proveer el sustento para la familia. Es decir, los hijos eran mano de obra necesaria para el mantenimiento del grupo familiar. Cuanto más hijos, mayor entrada de dinero. Cuando tenían la edad suficiente para comenzar a trabajar, dejaban sus estudios para iniciar su actividad productiva.  Debían  aportar sus ingresos  directamente al jefe de familia (que podía ser tanto la madre, como  el padre, eso ya dependía del carácter de cada uno). De allí, recibía su sustento; alimento y vestimenta. Al momento de recibir alguno de ellos, la autorización para contraer matrimonio, el jefe de familia contribuía con  la “Dote”. Esta solía ser desde el juego de dormitorio para la nueva pareja,  hasta un lugar en el terreno construir su propia casa.  Dependía de las posibilidades de cada uno. Una especie de ahorro forzado sin seguridad de retorno.    

 A Marco el hecho de ir a la universidad lo convertía en el epicentro de todas las preguntas;  desde preguntarle si la lycra era más resistente que el polyester, hasta la tendencia política que tenía este nuevo presidente norteamericano,  John Kennedy.  Era como una reafirmación de su estatus universitarios, un mostrar ante todos los de la familia  los conocimientos que había adquirido.
Los domingos y sin excepciones, se realizaba el solemne almuerzo en familia. Los primeros años acontecía que las mujeres pasaban toda la mañana amasando la harina,  para hacer la pasta casera. Esta tradición, se fue perdiendo con el tiempo y fue satisfactoriamente sustituida por el asado.  Algunos lo atribuyen a la emancipación de la mujer;  otros a la fascinación y el ritual de la carne asada. Lo cierto era que nadie faltaba a la cita, y en los últimos años, se llegaron a contabilizar hasta veintisiete personas sentadas a la mesa. Esto lo sabía Ludovico, quién estaba encargado de las compras y de que no faltara el vino. La rutina temática era siempre la misma. Se comenzaba con las fábricas, con lo mal administradas que estaban por sus dueños y cada uno, aportaba su receta, sobre cuales eran las fórmulas para el mejoramiento de los sistemas de producción. Hasta que inevitablemente alguien pronunciaba la famosa frase..”¡Eh.., si!  Non é come nell’Italia.” A partir de ese momento, acompañada de un nivel alcohólico considerable, comenzaba el recorrido histórico en la península, con cuentos llenos de nostalgias y pesares. Se hablaba del Duche, de Hitler, de Stalin; de los comunistas y los socialistas,  de los “partigiani” y los “camiccie nere”. Así como una visión mágica, el  “Ocean Drive”,  el barco que los trajo hasta el Puerto de Buenos Aires, volvía a recobrar vida. Era como si retornaran al Atlántico en una situación de rehenes del pasado. Y en realidad, así era;  puesto que nunca lograron desembarcar por completo del navío.  Dejaron por siempre un pié puesto en la Bota.  De esta manera, lo que eran reseñas históricas, acontecimientos propios de una sociedad que se expandió por el mundo, quedaban recluidos en el pasado, en aquel Continente que les parecía tan lejano. Daban la sensación que antes de subir al Barco,  lo hubiesen esterilizado contra la historia que llevaban consigo, como si aquel libro, alguien lo hubiese quemado. Eran historias antiguas que no se volverían a repetir, habían quedado enterradas junto a dos locos que los llevaron a participar de una aventura de horror y espanto, y que se diluyó,  junto con sus cenizas. Nadie notó en ninguna ocasión, que Marco no era parte de esa historia.

Marco, a pesar de ser parte de la familia, se sentía en parte huérfano durante estas sobremesas. El conocía otra historia, una que se vivía en las calles de su país, que golpeaba las puertas de sus habitantes y que le era cotidiana en la Facultad.  Los cuentos que escuchaba de sus parientes, mas allá de quedar en un pasado lejano, se superponían a los acontecimientos que discutía diariamente con sus compañeros de estudio. Lo que para toda la mesa era un final, para él era un posible comienzo. Tal vez, para Ludovico, en su actitud  moderada,  fuese simplemente una continuidad y es que “un poco de brisa no hace la serenidad”.
A las grandes fábricas con sus dieciséis horas de trabajo, las sucedieron los televisores y el futbol. Las alacenas repletas y el buen vino, se conjugaban en una suerte de Opio Chino para estos sobrevivientes de la guerra. Era una generación que se consideraba satisfecha. Habían hecho su “sacrificio” y obtenido el mérito correspondiente. Los hijos iban ocupando los lugares vacantes en las mismas fábricas que ellos ayudaron a formar. Las hijas encontraban maridos, que tenía su lugar en iguales fábricas. Todo era satisfactorio. El futuro estaba claro, y la historia la habían dejado en Italia. Solamente Marco, llevaba la historia de la región en su conciencia; la que bajo su óptica, iba tomando forma cada domingo con cada anécdota, con cada copa de vino.

El día que cerraron la primer fábrica, a alguno se le ocurrió pensar que algo estaba pasando. La mañana en la que unos cuantos militares se llevaron a Marco a golpes, junto a otros cuatro estudiantes de la cuadra,  Anna cayó presa de una profunda depresión y quedó inmóvil en una silla de ruedas.  Antonio, el padre, salió por fin de adentro de su fábrica y comentó:
_“¡Ma questi! ¿Erano los camiccia nera?

_No papá – Le contestó Ludovico-  Son los amigos de Renato, el dueño de la fábrica donde tu trabajas. ¿Te acuerdas? Es el hijo del gordo aquel de Verona, que tenía la fábrica de zapatos,  en donde yo trabajé de pequeño

Los domingos ya no hubo más reunión familiar; no tanto por la desaparición de Marco, del que no se supo nunca más nada. Más bien porque ya no había familia en Buenos Aires.  Aquellos que no regresaron a Italia en busca de trabajo, terminaron en cualquier otro país, en busca de salvar sus vidas.
Solamente un acto repetido acusaba que era domingo. A las doce  y treinta horas,  Anna en su silla de ruedas  se acercaba a la mesa del comedor. Miraba el plato que había colocado a las doce en punto  junto al vaso de vino y los cubiertos;  y empuñando su pañuelo se quejaba porque el plato no había sido tocado y el vaso de vino, seguía intacto.
  Entonces,  llamaba a Ludovico , y le gritaba;
_¡Ludovico! ¿Dimmi, non hai visto Marco?

_No madre, non l’ ho visto...

Has angustiado las aguas...

Has angustiado las aguas
guiándolas hacia quienes
poco de tu dolor avientan…
¿Y cómo no comprenderte?
¿Cómo no comprender
al hermano que hoy,
la vida le duele
por tus aguas, tus vientos,
tus agonías, tus movimientos?
¿Cómo no saberme
del bando de tus asesinos?
Tan poca culpa hemos tenido,
así como parte hemos sido
de tu silencioso exterminio…
¿Cómo vivir tu agonía
tras la daga hendida
que la demencia humana esgrimiera
dando en el centro de tu existencia,
sin pensar que una gota apenas de tu llanto
bañe el alma mía y de mi andar, cada acera?
No son mareas
llantos son,
lagrimas son,
de dolor son,
de niño asustado son,
de futuro son…
de futuro finito son.
No es venganza ni guerra,
es el dolor que te agrieta
el llanto que te ahoga
la impotencia que te avienta…
que son tus hijos los que te revientan
y hablan de dioses que respetan…
Tú mi aire, tú mi agua,
tú mi amor, tú mi esperma…
Has angustiado las aguas
guiándolas hacia quienes
poco de tu dolor desean…
y alardearemos de ignorancia eterna
asesinando sin cesar y ciegamente
a quien es Dios, Madre,
Ley, Moral y Ética,
de todo ser vivo
que habite su corteza.

lunes, 18 de abril de 2016

Por cada golpe que resuene...

Por cada golpe que resuene
en piel de desarmado,
habrá una nota
en el repique del pueblo
que sonará por siempre
en la memoria de la historia.
Por cada desprecio a un semejante
suena un chico,
por cada madre que se vende por salvar su niño,
suenan bajos todos, de los corazones todos,
que arderán en memoria de cada obsesa vejación…
¡Hay de aquellos que aún no aprenden,
que el palo que empuñan,
es la pluma que arderá en sus historias!
Por cada golpe que resuene
en piel de desarmado,
habrá una nota
en el repique del pueblo;
para el tum tum desalmado,
para el tin marin justiciero,
para el chas chas del hermano
que solo ama lo verdadero.
Y el amor que contagia
es pandemia de pueblo
y cuando el amor brota
caen sabuesos y caen sus dueños…



Hoy seguirás soñando

Hoy seguirás soñando con la libertad que confundes con una tarjeta de crédito sin límite de consumo, y que nunca llega… Hoy ni te enterarás que te han dado un golpe a tus derechos, un golpe financiero y mediático de esos que te propician cada quince o veinte años y que te enteras quince o veinte años después. Hoy seguirás creyendo que decides, que eres respetado, que trasciendes, que alcanzas a ser alguien, que el Mundo se alegra que hayas pasado por aquí. Hoy despertarás pensando que velas por tus hijos, que has guardado tu fortuna para ellos y por eso has apoyado siempre el hambre del resto…y lo harás hasta que vengan a por ello y tus hijos sean ese resto, y aún así, mendigarás las migajas de la violación de tus derechos, darás gracias por ello y seguirás rehén de tus miedos. Hoy te levantarás mostrando al Mundo tu vestimenta cara, tu coche caro, con el selfie de lo caro que comes, lo caro que viajas, lo caro que te drogas o bebes, lo caro en que vives…lo caro que pagas ese síndrome de fotocopia tonta que repite envases plásticos premoldeados de masa cerebral. Y te lo creerás, y pensarás que eres aquello que la pantalla muestra y piensas que del otro lado de la pantalla está la gente aplaudiendo…mientras esa imagen pasa primero por el triturador de cerebros. Hoy estamparás más sonrisas iguales en todas las pantallas, de esas que han tapizado a un Mundo que se inunda de gritos de abismo, de genocidios mientras tú, sonríes al estilo de todos en el selfie del día a diá. Un selfie que solamente denota el reinado de la hipocresía, el sonambulismo masificado, la incomprensión. Hoy saldrás a la calle amordazado, violado, desangrado, mutilado, vejado, ignorado…y te harás un selfie para la posteridad de tus descendientes que aprenderán de ti la peor pobreza del Hombre, la falta de confianza de si mismo.

viernes, 15 de abril de 2016

Cuando las noches todas...

Cuando las noches todas
piden sin permiso,
permanecer ignorando al día
y huye de mi la pluma
por saberse fusil o cuchilla,
hasta huelo la sangre
que hubiera en trazos calientes
de no ser por el poco amor que resta.
Deja de lado estructura y armonía
por alma, conciencia e hidalguía;
poeta reflejo, poeta eco, poeta calco,
¡que bueno eres! ¡que ejemplar! ¡que arcaico!
Si te pareces a Cervantes, a Homero,
a Shakespeare o a Safo…
y cantas en tierras de Atahualpa, de Tabaré,
de Caballo Loco, de Montezuma y otros tantos.
Pisas ciego, cantas hálito, andas atónito,
repites prosaico al suelo que te alimenta,
tanto a ti como a tus trazos, tu alma, tu arraigo…
Pido sea la cordura algo más que la suela de mis zapatos…
Por ello…cuando las noches todas
piden sin permiso,
permanecer ignorando al día
y huye de mi la pluma
por saberse fusil o cuchilla,
hasta huelo la sangre
que hubiera en trazos calientes
de no ser por el poco amor que resta
y me repliego al dolor que deja
tanta violencia, tanta vida vacía…

domingo, 10 de abril de 2016

Intento descubrir tu cielo...

Intento descubrir tu cielo en el aroma de mis huesos,
abrazar el arca perdida con el aliento de la nostalgia,
abrir fauces de monstruos gigantescos con un mero bostezo,
develar la incógnita sagrada y desmerecer algún premio por bueno.
He descartado la reencarnación por desilusión de la vida.
Creo haber dejado hace ya un tiempo de vivir el juego de los muertos,
y he transgredido la razón muriendo el juego de los vivos…
No regalo flores por que faltaran ataúdes, por que no regalo agonías
e intento siempre obsequiar, si al caso fuere, vida o respeto a la vida.
Quiero comprender que nada está hecho para mi, que tu y la nada
dependen de mi voluntad en existir… tanto la nada muere ente ti,
como muere mi tu ante mi nada o cuando el azar de encontrarte
te regala vida de instante, hasta en un mordisco de manzana.
Busco regresar
sano del intento
de reconocer a la mentira
antes que ella
descubra mis huesos…

sábado, 9 de abril de 2016

Hipocresía

La misma actitud de los clérigos y devotos desmiente la existencia de un Dios. La misma actitud de los defensores de los Derechos humanos desmiente que tales derechos existan. La misma actitud de los defensores de la libertad desmiente que tal libertad sea real. La misma actitud de los pueblos cultos desmiente que dicha cultura sea tal, por falta de aplicabilidad. La misma actitud de los pueblos demócratas desmienten que la democracia exista como tal. No busques más en los libros sin comprender que en la calle está la mentira y en el espejo de todos los días la imagen de la hipocresía.

jueves, 7 de abril de 2016

No generar confusión

Quiero no generar una confusión…
desde que decidimos vivir en el día
la noche se ha llevado consigo
a los poetas del alba que navegan almas perdidas.
Un lugar donde se vive más, aquello que se ve,
que aquello que se siente o presiente.
No en vano es la noche que llama al beso,
al sudor entre sábanas o el cabalgar de pieles
que praderas parecieran en un mar de laureles…
Por ello hay más letras a lo que se ve
de a lo que se siente…
y pareciera la vida
un vacío y ácido recipiente.
La vista es a merced del tiempo,
de la ilusoria imagen, del color travieso…
El alma se subordina al amor, diseñadora del siento,
es la esponja que baña el lienzo del sentimiento.
No quiero generar confusión,
por ello creo que debiera aclarar
cuando es que escribo a la noche
o cuando es que a la luz del día
salgo a pelo con mi pluma a cabalgar...